La filosofía abarca todas las caras de la experiencia humana. El arte, la justicia, la mística… están profundamente bañadas de aspectos que nos hacen pensar en el orden cósmico, el misterio de la conciencia, la existencia del alma o del libre albedrío y otras cuestiones profundamente filosóficas. La ciencia, por supuesto, no es una excepción.
En la interesante charla ofrecida en Nueva Acrópolis Castellón por Sara Ortiz (ingeniera de caminos y filósofa, entre otros méritos), viajamos a través del tiempo, observando cómo la ciencia siempre se ha establecido en base a creencias y paradigmas imperantes en su época, y cómo los avances sólo han sido posibles al desafiar esos mismos paradigmas.
El modelo de Ptolomeo solo cambió al proponer Copérnico el modelo heliocéntrico. Los gérmenes y la penicilina fueron descubiertos cuando Ignaz Semmelweis y Louis Pasteur decidieron mirar más allá de lo “habitual” y se detuvo a observar con genuinos ojos nuevos los fenómenos frente a sus ojos. La física se habría estancado en el átomo de no aparecer Max Plank preguntándose si no habría mecánicas de escala menor, dando nacimiento a la física cuántica.
Y así, numerosos casos de modelos, estudios, experimentos y otras formas de ciencia que revelan que, en realidad, cuando más creemos saber, es cuando la Naturaleza nos demuestra lo ignorantes que somos. Donde la razón no llega, tenemos el arte, la poesía. Tal vez, el gran enigma del Universo no sea para entenderlo, sino para sentirlo.


